¿Cuando dejamos de ser niños?
Cuando dejamos de ser esos cachorros protegidos todo el tiempo para convertirnos en lobos solitarios?
Más fuertes, más astutos, más ágiles, pero a la vez más desconfiados, temerosos, desesperanzados.
Qué paso con esos tiempos donde el mundo era poco para ti, donde todo lo podías, donde una palabra no podía herirte más allá de un momento de lloriqueo. Dónde estamos ahora? en un mundo donde la gente teme y teme decir que teme, donde nos acercamos a otros con miedo, donde desconfiamos de la noche, del futuro, de nosotros mismos.
Nos llamamos maduros, porque sabemos vivir con estos sentimientos inhóspitos. No es maduro el que es feliz y optimista, sino el que ve las cosas con tranquilidad a sabiendas de que no todo sale bien. Es eso hacia donde queremos ir? tiene sentido?
Cualquiera diría que no, y como todo ahora que ya no somos inocentes pequeñines, hay que pensarlo un poco más y acabaremos concluyendo que es lo mejor. En realidad no tiene sentido, pero no queda más que hacer ahora que perdimos la confianza, que hemos sido golpeados tantas veces, abandonados tantas veces, traicionados tantas veces, fracasado tantas veces, que el encontrar esperanza suficiente para respirar de nuevo es un alivio, que nos maravillamos de aquellos que aun se atreven a sonreir sin ayuda (de drogas legales o pildoras materialistas de alegria), vivimos en un mundo donde los que salen adelante no son los más fuertes, son los menos afectados. Un mundo de desesperanzados fingiendo tener esperanza por la poca esperanza de recibir ayuda si descubren su verdadera desesperanza.
Somos nuestros propios enemigos, no por gusto, sino porque así son nuestros padres, amigos, ejemplos a seguir y nos orientaron a esto. Qué diferencia sería si pudieramos proteger a los que nos rodean, si les permitiéramos equivocarse sin castigo con tal de experimentar, si no matáramos su inocente curiosidad, su eterna esperanza de que va a salir bien por más ilógico que sea, si creyeramos que su tiempo vale más que el trabajo, las reglas, la ley o cualquier otra cosa. Si dejaramos que mantuvieran esa esfera de cristal por siempre, tal vez el mundo entero sería una esfera de cristal. Si no fueramos rencorosos y si no prefirieramos que ellos sufrieran como nosotros. Si el mundo fuera diferente... aun me pregunto si sería mejor.
10/17/2007
10/06/2007
La luz en mi vida se aleja cada vez mas...
Mas alla del horizonte,
un rayo de luz,
un destello lejano nos dice,
que el sol todavia no se acaba de ir,
que aunque esta lejos
aun se puede alcanzar al atardecer
y escapar de una noche eterna
de sombras y pesadillas
de vagar sin ver el camino
de temer de todo
de dudar
Si aun tuviera mis alas
Si mi corazón todavia pudiera volar
Si las nubes pudiera surcar
Alcanzaría al día
Brillaría con él
Si tan solo...
un rayo de luz,
un destello lejano nos dice,
que el sol todavia no se acaba de ir,
que aunque esta lejos
aun se puede alcanzar al atardecer
y escapar de una noche eterna
de sombras y pesadillas
de vagar sin ver el camino
de temer de todo
de dudar
Si aun tuviera mis alas
Si mi corazón todavia pudiera volar
Si las nubes pudiera surcar
Alcanzaría al día
Brillaría con él
Si tan solo...
10/02/2007
Cuento viejo - Cuento de una joven de sonriente cara
Este cuento lo escribí hace ya algunos años, me gusto mucho, se los comparto (además que así ya no lo pierdo =P). Deje algunos errores de redacción para respetar el "estilo" original
Era una noche oscura y fría. No recuerdo que hora era, ni donde estaba, pero solo a lo lejos el canto de los búhos se dejaba escuchar. Llevaba ya varios días viajando sin encontrar lo que buscaba. Ya casi había perdido las esperanzas, pero las luces que alcancé a observar al pasar la última colina me dieron otro aliento para seguir. Así que, conforme me acercaba a ese humilde pueblo un olor a pan recién horneado me invadía. El sol se estaba acercando por detrás de las montañas y los pájaros empezaban a cantar y a volar de aquí para allá. Yo no comprendía lo que pasaba, el viaje me había dejado tan cansado que ni siquiera podía diferenciar entre el día y la noche. Tanto tiempo en el camino, me había borrado los recuerdos de la vida sedentaria.
Llegue a la plaza cuando aun estaba desierta, pero apenas habían pasado unos minutos cuando ya estaba yo rodeado por el bullicio de la gente yendo de aquí para allá y de allá para acá sin cesar. Todavía no lograba enlazar del todo mis pensamientos y todo el alboroto que formaban solo me confundía más. Los veía caminar y correr a mi alrededor sin entender que estaban haciendo. Añoraba la plácida monotonía de los caminos a través del bosque, donde no hay más ruido que el de las aves, ni más aroma que el de las flores. Pero era por esto por lo que había viajado tanto tiempo y ya no podía dar marcha atrás. Intenté despabilarme sacudiendo un poco la cabeza, pero eso solo aumento el leve dolor de cabeza que la confusión me había causado. Logré dar unos cuantos pasos más hasta una banca para descansar un poco, pero, justo antes de llegar, la vi.
Fue una visión angelical, el ver su pálida y sonriente cara me hizo olvidar mi confusión y recordar el porque de mi viaje. Ella se movía suavemente entre todo el ajetreo, cual bella flor que se mece con el viento entre la hierba. Desvié mi camino hacia ella olvidando con ello todo mi cansancio, avance cada vez más rápido, cada vez más aprisa hasta que estaba corriendo. Ella había doblado en una esquina y yo debía alcanzarla pronto o la perdería. Pero cuando llegue a esa esquina ella se había perdido entre la multitud. Avancé desesperado, tratando de encontrarla. Entonces alcance a ver su vestido blanco entrar en una tienda. Corrí entre empujones y tropezones hasta esa tienda buscando encontrarla pero de nuevo ya no estaba. Entre y la busqué pero había desaparecido.
Salí de la tienda consternado, aun buscándola. No lograba imaginarme que le había pasado, pero ya no tenia más remedio que encomendarme a la suerte para encontrarla. Entonces regresé a la plaza, esta vez con un paso lento, como el del que va sin querer llegar. Desviaba mi atención de un local a otro en el camino, en parte buscándola y en parte observando ese pueblo. Entonces la vi de nuevo en el reflejo de un aparador. Me dí la vuelta y mire sorprendido como ella ahora corría. No me quedó más remedio que seguirla aunque no sabía a donde me llevaría esa carrera.
Después de haberme quedado sin aliento un par de veces, por fin la vi detenerse. Ya no estábamos en el pueblo para entonces, sino en un pastizal a la orilla de un río. Ella se detuvo frente a un joven y un adulto que estaban sentados debajo de un árbol. Entonces yo me escondí, pues no quise intervenir en ese bello encuentro. Vi como ella abrazaba al pequeño, mientras miraba con amor al otro. Fue tan tierno que no me atreví a acercarme y permanecí escondido allí mientras ellos jugaban y corrían de aquí para allá.
Pasaron una y dos horas más cuando el sol se ocultó detrás de unas grises nubes. El momento había llegado, podía sentirlo en mi interior. Tenía que hacer aquello para lo que había venido aunque aun no lo recordaba bien. La feliz pareja y el niño dejaron el pastizal temiendo mojarse por la lluvia y pasaron junto a mí en su regreso al pueblo. Entonces los seguí, ya no más con desesperación sino con decisión. Mi corazón impulsaba cada paso con más firmeza. Me acerqué por detrás de aquel ángel que pronto se convertiría en uno. En ese momento no pensaba, solo actuaba movido por la convicción interior que me había invadido. Ella se encontraba ya a tan solo un par de metros platicando con aquel hombre mientras caminaban. Yo me seguí acercando tan silencioso como aquel que no existe. Avance hacia ella, me encontraba tan solo a unos cuantos centímetros cuando estire mi brazo para hacerlo. Un pequeño grito, más bien un último susurro y ella cayó desfallecida. El pobre hombre la miraba aterrorizado intentando ayudarla mientras el niño observaba con miedo la escena. Él le gritó a la pobre mujer, pero ya no se podía hacer nada. Mi labor estaba hecha y no me quedaba más que viajar al siguiente pueblo. Curiosamente no sentía remordimiento, ni ganas de llorar como aquel hombre, ahora frágil cual niño. No entendía ni entiendo aún porque los humanos sufren tanto de tal situación. Después de todo así ha sido siempre y así será, que aquellos que como yo son la muerte a todo el mundo de uno a uno se llevarán.
Era una noche oscura y fría. No recuerdo que hora era, ni donde estaba, pero solo a lo lejos el canto de los búhos se dejaba escuchar. Llevaba ya varios días viajando sin encontrar lo que buscaba. Ya casi había perdido las esperanzas, pero las luces que alcancé a observar al pasar la última colina me dieron otro aliento para seguir. Así que, conforme me acercaba a ese humilde pueblo un olor a pan recién horneado me invadía. El sol se estaba acercando por detrás de las montañas y los pájaros empezaban a cantar y a volar de aquí para allá. Yo no comprendía lo que pasaba, el viaje me había dejado tan cansado que ni siquiera podía diferenciar entre el día y la noche. Tanto tiempo en el camino, me había borrado los recuerdos de la vida sedentaria.
Llegue a la plaza cuando aun estaba desierta, pero apenas habían pasado unos minutos cuando ya estaba yo rodeado por el bullicio de la gente yendo de aquí para allá y de allá para acá sin cesar. Todavía no lograba enlazar del todo mis pensamientos y todo el alboroto que formaban solo me confundía más. Los veía caminar y correr a mi alrededor sin entender que estaban haciendo. Añoraba la plácida monotonía de los caminos a través del bosque, donde no hay más ruido que el de las aves, ni más aroma que el de las flores. Pero era por esto por lo que había viajado tanto tiempo y ya no podía dar marcha atrás. Intenté despabilarme sacudiendo un poco la cabeza, pero eso solo aumento el leve dolor de cabeza que la confusión me había causado. Logré dar unos cuantos pasos más hasta una banca para descansar un poco, pero, justo antes de llegar, la vi.
Fue una visión angelical, el ver su pálida y sonriente cara me hizo olvidar mi confusión y recordar el porque de mi viaje. Ella se movía suavemente entre todo el ajetreo, cual bella flor que se mece con el viento entre la hierba. Desvié mi camino hacia ella olvidando con ello todo mi cansancio, avance cada vez más rápido, cada vez más aprisa hasta que estaba corriendo. Ella había doblado en una esquina y yo debía alcanzarla pronto o la perdería. Pero cuando llegue a esa esquina ella se había perdido entre la multitud. Avancé desesperado, tratando de encontrarla. Entonces alcance a ver su vestido blanco entrar en una tienda. Corrí entre empujones y tropezones hasta esa tienda buscando encontrarla pero de nuevo ya no estaba. Entre y la busqué pero había desaparecido.
Salí de la tienda consternado, aun buscándola. No lograba imaginarme que le había pasado, pero ya no tenia más remedio que encomendarme a la suerte para encontrarla. Entonces regresé a la plaza, esta vez con un paso lento, como el del que va sin querer llegar. Desviaba mi atención de un local a otro en el camino, en parte buscándola y en parte observando ese pueblo. Entonces la vi de nuevo en el reflejo de un aparador. Me dí la vuelta y mire sorprendido como ella ahora corría. No me quedó más remedio que seguirla aunque no sabía a donde me llevaría esa carrera.
Después de haberme quedado sin aliento un par de veces, por fin la vi detenerse. Ya no estábamos en el pueblo para entonces, sino en un pastizal a la orilla de un río. Ella se detuvo frente a un joven y un adulto que estaban sentados debajo de un árbol. Entonces yo me escondí, pues no quise intervenir en ese bello encuentro. Vi como ella abrazaba al pequeño, mientras miraba con amor al otro. Fue tan tierno que no me atreví a acercarme y permanecí escondido allí mientras ellos jugaban y corrían de aquí para allá.
Pasaron una y dos horas más cuando el sol se ocultó detrás de unas grises nubes. El momento había llegado, podía sentirlo en mi interior. Tenía que hacer aquello para lo que había venido aunque aun no lo recordaba bien. La feliz pareja y el niño dejaron el pastizal temiendo mojarse por la lluvia y pasaron junto a mí en su regreso al pueblo. Entonces los seguí, ya no más con desesperación sino con decisión. Mi corazón impulsaba cada paso con más firmeza. Me acerqué por detrás de aquel ángel que pronto se convertiría en uno. En ese momento no pensaba, solo actuaba movido por la convicción interior que me había invadido. Ella se encontraba ya a tan solo un par de metros platicando con aquel hombre mientras caminaban. Yo me seguí acercando tan silencioso como aquel que no existe. Avance hacia ella, me encontraba tan solo a unos cuantos centímetros cuando estire mi brazo para hacerlo. Un pequeño grito, más bien un último susurro y ella cayó desfallecida. El pobre hombre la miraba aterrorizado intentando ayudarla mientras el niño observaba con miedo la escena. Él le gritó a la pobre mujer, pero ya no se podía hacer nada. Mi labor estaba hecha y no me quedaba más que viajar al siguiente pueblo. Curiosamente no sentía remordimiento, ni ganas de llorar como aquel hombre, ahora frágil cual niño. No entendía ni entiendo aún porque los humanos sufren tanto de tal situación. Después de todo así ha sido siempre y así será, que aquellos que como yo son la muerte a todo el mundo de uno a uno se llevarán.
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