Este cuento lo escribí hace ya algunos años, me gusto mucho, se los comparto (además que así ya no lo pierdo =P). Deje algunos errores de redacción para respetar el "estilo" original
Era una noche oscura y fría. No recuerdo que hora era, ni donde estaba, pero solo a lo lejos el canto de los búhos se dejaba escuchar. Llevaba ya varios días viajando sin encontrar lo que buscaba. Ya casi había perdido las esperanzas, pero las luces que alcancé a observar al pasar la última colina me dieron otro aliento para seguir. Así que, conforme me acercaba a ese humilde pueblo un olor a pan recién horneado me invadía. El sol se estaba acercando por detrás de las montañas y los pájaros empezaban a cantar y a volar de aquí para allá. Yo no comprendía lo que pasaba, el viaje me había dejado tan cansado que ni siquiera podía diferenciar entre el día y la noche. Tanto tiempo en el camino, me había borrado los recuerdos de la vida sedentaria.
Llegue a la plaza cuando aun estaba desierta, pero apenas habían pasado unos minutos cuando ya estaba yo rodeado por el bullicio de la gente yendo de aquí para allá y de allá para acá sin cesar. Todavía no lograba enlazar del todo mis pensamientos y todo el alboroto que formaban solo me confundía más. Los veía caminar y correr a mi alrededor sin entender que estaban haciendo. Añoraba la plácida monotonía de los caminos a través del bosque, donde no hay más ruido que el de las aves, ni más aroma que el de las flores. Pero era por esto por lo que había viajado tanto tiempo y ya no podía dar marcha atrás. Intenté despabilarme sacudiendo un poco la cabeza, pero eso solo aumento el leve dolor de cabeza que la confusión me había causado. Logré dar unos cuantos pasos más hasta una banca para descansar un poco, pero, justo antes de llegar, la vi.
Fue una visión angelical, el ver su pálida y sonriente cara me hizo olvidar mi confusión y recordar el porque de mi viaje. Ella se movía suavemente entre todo el ajetreo, cual bella flor que se mece con el viento entre la hierba. Desvié mi camino hacia ella olvidando con ello todo mi cansancio, avance cada vez más rápido, cada vez más aprisa hasta que estaba corriendo. Ella había doblado en una esquina y yo debía alcanzarla pronto o la perdería. Pero cuando llegue a esa esquina ella se había perdido entre la multitud. Avancé desesperado, tratando de encontrarla. Entonces alcance a ver su vestido blanco entrar en una tienda. Corrí entre empujones y tropezones hasta esa tienda buscando encontrarla pero de nuevo ya no estaba. Entre y la busqué pero había desaparecido.
Salí de la tienda consternado, aun buscándola. No lograba imaginarme que le había pasado, pero ya no tenia más remedio que encomendarme a la suerte para encontrarla. Entonces regresé a la plaza, esta vez con un paso lento, como el del que va sin querer llegar. Desviaba mi atención de un local a otro en el camino, en parte buscándola y en parte observando ese pueblo. Entonces la vi de nuevo en el reflejo de un aparador. Me dí la vuelta y mire sorprendido como ella ahora corría. No me quedó más remedio que seguirla aunque no sabía a donde me llevaría esa carrera.
Después de haberme quedado sin aliento un par de veces, por fin la vi detenerse. Ya no estábamos en el pueblo para entonces, sino en un pastizal a la orilla de un río. Ella se detuvo frente a un joven y un adulto que estaban sentados debajo de un árbol. Entonces yo me escondí, pues no quise intervenir en ese bello encuentro. Vi como ella abrazaba al pequeño, mientras miraba con amor al otro. Fue tan tierno que no me atreví a acercarme y permanecí escondido allí mientras ellos jugaban y corrían de aquí para allá.
Pasaron una y dos horas más cuando el sol se ocultó detrás de unas grises nubes. El momento había llegado, podía sentirlo en mi interior. Tenía que hacer aquello para lo que había venido aunque aun no lo recordaba bien. La feliz pareja y el niño dejaron el pastizal temiendo mojarse por la lluvia y pasaron junto a mí en su regreso al pueblo. Entonces los seguí, ya no más con desesperación sino con decisión. Mi corazón impulsaba cada paso con más firmeza. Me acerqué por detrás de aquel ángel que pronto se convertiría en uno. En ese momento no pensaba, solo actuaba movido por la convicción interior que me había invadido. Ella se encontraba ya a tan solo un par de metros platicando con aquel hombre mientras caminaban. Yo me seguí acercando tan silencioso como aquel que no existe. Avance hacia ella, me encontraba tan solo a unos cuantos centímetros cuando estire mi brazo para hacerlo. Un pequeño grito, más bien un último susurro y ella cayó desfallecida. El pobre hombre la miraba aterrorizado intentando ayudarla mientras el niño observaba con miedo la escena. Él le gritó a la pobre mujer, pero ya no se podía hacer nada. Mi labor estaba hecha y no me quedaba más que viajar al siguiente pueblo. Curiosamente no sentía remordimiento, ni ganas de llorar como aquel hombre, ahora frágil cual niño. No entendía ni entiendo aún porque los humanos sufren tanto de tal situación. Después de todo así ha sido siempre y así será, que aquellos que como yo son la muerte a todo el mundo de uno a uno se llevarán.
10/02/2007
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1 comentario:
HEy que padre cuento!
No cabe duda eres un buen escritor ;)
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